Aprovechando unos días libres y un buen pronóstico del tiempo, me
aventuré a pasarlos recorriendo esas carreteras olvidadas de
la periferia de Teruel, donde se halla la explicación de la
inexistencia del Teruel que existe.
Lejos de grandes
ciudades, de metrópolis acomodadas, de territorios frecuentados por
el turismo, por el tránsito de personas y mercancías.
Lejos de lo
conocido, de lo sabido, de lo corriente, de lo usado.
Lejos de miradas, de
atenciones, de prisas, de ambiciones.
Lejos de todo se
encuentran estas tierras olvidadas por casi todos, recordadas por
unos cuantos y queridas por unos pocos.
Allí me encaminé a
recorrer las carreteras que ya antaño tuve el placer de conocer y
que casi nada han cambiado.
Volví a sentir el
silencio, la paz, la soledad del viajero que circula en solitario sin
cruzarse con nadie por carreteras y caminos que casi nadie pisa, poco
frecuentados, si acaso, por las escasas gentes que habitan algunos de
los pueblos que atravieso entre calles y callejas vacías.
Los paisajes duros
que recorro, violentos en ocasiones, con cortados verticales que
agrietan la tierra sin piedad, cumbres agudas que apuntan alto al
cielo, torrentes que huyen por el fondo de barrancos estrechos,
túneles excavados a pico en la roca que llevan a la luz de otro
cortado, de otra montaña, de unas carreteras que se agarran como
pueden a las laderas de piedra soportando sobre su asfalto parcheado
años de inviernos gélidos y lluvias torrenciales, me llevan siempre
al mismo adjetivo: Inhóspito.
Teruel existe. ¡¡Ya
lo creo que existe!!. Y ahí está. Para que llegues y te sorprendas.
No te lo pierdas.